En cuanto a nuevos productos, la patata, que se había introducido en varios países europeos jugando un importante papel económico, en España era prácticamente anecdótico. En cambio, la introducción del maíz permite un importante desarrollo agrícola en el Norte, al poder disponer de un cereal de alto rendimiento y, a la vez, forrajero y panificable.
En relación a la industria puede decirse que a lo largo del siglo XVIII no se desarrolla nada más que bajo la forma de algunas industrias estatales (Reales Fábricas), como las fábricas de tejido de Brihuega, Guadalajara y Ávila, de cristales como en San Ildefonso, tabacos en Sevilla, etc. Solo a mediados de siglo surgen algunas empresas por iniciativa particular, como pueden ser la primera manufactura de hojalata europea que se establece en Ronda, o la labor que el marqués de Sagardelos realiza en el Norte de la Península para sentar las bases de la metalurgia moderna. La única región que inicia una industrialización a fondo fue Cataluña.
En 1758 se constituye la Junta Particular de Comercio de Barcelona, en la que se integran comerciantes enriquecidos que van a reinvertir parte de sus recursos en el desarrollo de la industria de Indianas, de tal manera que constituyen elementos renovadores en la transformación industrial, cuyo proceso de equipamiento industrial en el campo textil fue acelerado debido a la rápida introducción de la máquina de vapor.
Por último, en relación con el comercio, los progresos fueron importantes debidos, en gran parte, a la supresión de las aduanas interiores y a la abolición del monopolio de la Casa de Contratación del comercio indiano.
En síntesis, el comercio en la España del siglo XVIII se caracterizó por la articulación progresiva de las economías regionales en el interior y, en el exterior, por el proteccionismo industrial y la libertad de comercio con América, siendo los principales productos los aguardientes, el azúcar y el algodón.
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